

Se supone que la niñez y la adolescencia son épocas felices para la mayoría, pero en ciertas ocasiones la vida de ellos parece estar en estado constante de agitación. Pueden estar en conflicto con los otros y consigo mismos, a veces pueden ser tan tímidos y están tan ensimismados que parecen vivir en sus propios mundos. En cualquier caso, es extremadamente difícil para ellos jugar con otros, tener amigos y aprender todo lo que deben aprender. Muchos de ellos son rechazados y propensos a los insultos y en el peor de los casos a la agresión física. Los niños y adolescentes que sufren de estos desórdenes tienen mucha dificultad en seguir las reglas y en comportarse de manera socialmente aceptable.
Dentro de estos trastornos se incluyen diversas alteraciones y modos de comportamiento que tienen relevancia clínica por sí mismos, tienden a ser persistentes y son la expresión de un estilo de vida y de la manera característica que el individuo tiene de relacionarse consigo mismo y con los demás. Algunas de estas alteraciones y modos de comportamiento aparecen en estadios precoces del desarrollo del individuo, como resultado tanto de factores constitucionales como de experiencias vividas, mientras que otros se adquieren más tarde a lo largo de la vida.
La diferencia más importante entre los niños con trastornos de conducta y los niños “normales” es la frecuencia de este tipo de actividades no deseables. Los niños con trastorno de conducta también tienen dificultades en discriminar cuándo y dónde son apropiadas algunas conductas. El aprendizaje de este tipo de control de estímulos es una tarea importante del crecimiento y la mayoría de niños lo dominan de forma natural a través de la socialización.
Diversas conductas de riesgo se pueden traducir en síntomas o en alteraciones somáticas, emocionales o conductuales. Los trastornos de conducta suponen uno de los motivos de consulta más frecuente en niños y adolescentes en los dispositivos de salud mental. Es más frecuente en varones, en los que también aparecen los síntomas más precozmente y suelen ser más graves.
El diagnóstico precoz mejora la morbilidad, por lo que es importante conocer las situaciones que constituyen un factor de riesgo. Los test y cuestionarios pueden ayudar a precisar la sintomatología existente pero no son útiles en la confirmación del diagnóstico. El diagnóstico diferencial se establece con otros trastornos que se expresan con síntomas conductuales, como los trastornos del estado del ánimo o de las emociones. Establecer los límites en donde se debe acudir al profesional de la salud es difícil de concretar. Las señales nos las debe que dar la frecuencia, magnitud y perseverancia en el tiempo de la conducta en función de la edad del niño. El hecho de que consideremos la manifestación de dicha conducta como trastorno leve (no clínico) o trastorno más severo (clínico), tiene una importancia vital ya que de ello va a depender el tipo de intervención.
Cuando los problemas de comportamiento no son considerados clínicos, la intervención psicológica se dirige a informar y asesorar a los padres (técnicas de dominio de contingencias, refuerzo, etc...) principalmente. En el trastorno clínico, el psicólogo además deberá trabajar directamente con el niño en tareas de evaluación e intervención como parte del tratamiento.
Las características de los niños con trastornos de conducta son ansiedad, depresión, ensimismamiento, sentimiento de inferioridad y baja autoestima, culpa, timidez, agresión y violencia e infelicidad, desórdenes de identidad sexual. Falta de concentración, una gran pasividad, ensoñaciones, preferencia por compañeros de juego de menor edad y torpeza, robos, la pertenencia a pandillas, ausentismo escolar, bajo rendimiento escolar, consumo de alcohol y otras sustancias, desórdenes alimenticios.
En la evaluación psicológica se lleva a cabo una evaluación individual profunda a nivel de los procesos emocionales y conductuales del paciente. Para ello utilizan protocolos y test específicos. Para luego diseñar programas definidos para cada tipo de trastorno y poner en práctica las técnicas de intervención, donde también Las familias recibirán información permanente acerca de cómo manejar al paciente en casa. Ellos aprenderán pautas de manejo conductual, emocional y de cualquier otro tipo que se requiera.
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